Morriña, modorra y un gallego repartidor de pulpo

Morriña, modorra y un gallego repartidor de pulpo


Si hay algo importante en la vida para un gallego, es la tierra que le vio nacer. Ese sentimiento de fuerte unión hizo que los oriundos de Galicia hasta acuñasen una palabra propia para describir la nostalgia al estar alejados de su patria: la morriña.

Hace ya un tiempo, Ramiro Ulloa, repartidor de pulpos, tuvo que conducir su camioneta con destino a Barcelona por cuestiones de trabajo.

Al llegar a la capital un martes por la mañana, lo primero que sintió fue un picor que le recorría la espalda, desde la rabadilla hasta la nuca, acompañado de un dolor de estómago y ganas de llorar. Vamos, claramente los síntomas clásicos de la morriña.

Para mantener la cabeza y la morriña ocupadas, hizo de tripas corazón y se dispuso a repartir todos los pedidos de pulpos que pudiera por bares, restaurantes y comercios de la Ciudad Condal antes de que se hiciese de noche.

Al visitar varios locales del barrio Gótico, se dio cuenta de algo que le puso los pelos de punta: los barceloneses confundían la palabra «modorra» , esto es, la somnolencia que le entra a uno, por ejemplo, después de comer o un sopor exacerbado, con su «morriña» gallega.

-Ponme un café, Paco, que me ha entrado una morriña que no veas.

Y a Ramiro le hervía la sangre cada vez. «¡¡¿Cómo pueden confundir algo tan prosaico como la somnolencia o el sopor con nuestra morriña?!!

En el Eixample, Sant Antoni y Gràcia, la misma confusión.

«Qué morrina me está entrando; me voy a hacer la siesta», dijo un hombre que estaba sentado al lado de Ramiro en la barra de un bar en la Barceloneta.

Al oír esto, Ramiro no pudo contener su indignación, sacó un pulpo de su congelador portátil, lo agarró bien fuerte por la cabeza y le asestó al hombre que estaba en la barra tal mamporro, que el susodicho cayó al suelo de culo y se quedó sentado durante varios minutos sin ser consciente de lo que había sucedido.

Ramiro repitió esta acción cada vez que oyó la confusión de modorra por morriña durante la semana que estuvo en tierras catalanas. En los años posteriores, hizo lo mismo en sus viajes por el resto de la Península.

Cuenta una leyenda urbana que cada vez que alguien utiliza «morriña» por «modorra», el espectro de un hombre con un enorme pulpo en la mano golpea sin piedad con sus tentáculos congelados al ignorante en cuestión.

Si tenéis sueño después de comer, cuidado con lo que decís, no vaya a ser que acabéis haciendo la siesta con un pulpo marcado en la cara.

Los anglicismos (o Antonio ya CASI habla inglés)

Los anglicismos (o Antonio ya CASI habla inglés)


Antonio trabajaba de product manager assistant en una startup muy cool. El martes a primera hora tuvo un pequeño meeting con sus partners para darle caña a un nuevo branding. Necesitaban un nuevo approach, un punch para lograr el engagement del cliente. El briefing se basaba en los productos más trendy para lograr un win win de empresa y cliente. Tras un primer brainstorming, Antonio y sus partners hicieron un pequeño break para tomar un brunch. Después hubo un shooting para testear la imagen de marca. Tras una amazing pero larga jornada, Antonio acabó de enviar un par de emails:


«Aquí tienes el resumen del meeting de hoy. Tenemos un par de issues pero el networking ha funcionado. Dime algo asap, please. Yo termino mañana el planning semanal. Work in progress!»

Y cerró el portátil. De camino a casa, se detuvo en un bar para hacer un pequeño afterwork de desconexión.


Antonio entró en el establecimiento, se sentó en la barra y pidió:
-¡Manolooo! ¡Ponme unos torreznos, hombreeh! ¡Y pa’ bebeh, un vinicoooooh, copón!

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